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Un planeta en jaque

La bóveda de las Svalbard nunca me pareció una buena solución; de hecho genera una falsa imagen de seguridad”
Director de la revista ‘Soberanía Alimentaria’

Nunca hubo una época con tanto saber como hoy hemos acumulado. ¿Sabremos usarlo con lucidez?

“Nunca hubo una época con tanto saber como hoy hemos acumulado. Que el hombre haya decidido crear este Arca de Noé para las especies vegetales “muestra que algo no va bien, que no vamos en dirección al progreso como creímos, sino que estamos al borde del abismo”, dice el filósofo Jordi Pigem, autor de Intel·ligència vital (Kairós). Para escapar de su vulnerabilidad, el hombre ha levantado un castillo de naipes cuyos cimientos son un consumo de materiales y recursos energéticos por encima de lo perdurable; pero “lo que no es sostenible, al final se derrumba”. ¿Sabremos usarlo con lucidez?, se pregunta. Para Pigem, lo ocurrido demuestra que, de nuevo, las predicciones sobre el calentamiento se quedan cortas. Jordi Bigues sostiene que estas alteraciones son “síntomas de una enfermedad”. “La Tierra es un cuerpo enfermo; la temperatura sube, pero no tenemos un diagnóstico; sólo sabemos algo de sus efectos y sus causas. El olvido lo atribuye a razones económicas o psicológicas, que “dan prioridad a lo que es aceptable por el sistema o por los colegas, en vez de afrontar la simple incómoda verdad”. La condición humana intensifica luces y sombras. “Eso es algo que el hombre ya admite en instantes de lucidez, aunque el resto del tiempo se sumerja en distracciones para provocar envidia y otras formas de contaminación, lo que contribuye a acercarnos aún más al abismo”, dice. Pero “no me sorprende en absoluto la aceleración en el deshielo del permafrost”. Sufre trastornos detectables, pero no sabemos si está a la puertas de sufrir un ictus”, dice.

Gustavo Duch

Hasta el ciudadano más indiferente, egoísta y corto de miras ya no discute que la biodiversidad es un tesoro cuya pérdida comporta irreparables consecuencias para nuestra supervivencia”

El túnel de acceso está siendo afectado por el deshielo del permafrost, como consecuencia del aumento de temperaturas relacionado con el cambio climático. Esta temperatura era un colchón más que suficiente en caso de que fallara el suministro eléctrico, el cual proporciona un frío adicional hasta –18 grados centígrados. Es así como se conservan las semillas de forma óptima. Esa evolución y adaptación de las semillas a su medio natural es la que real­men­te las hace útiles, dice. Cuando el gobierno noruego inauguró esta bóveda en el 2008, la presentó como el Arca de Noé encargada de conservar las muestras de las semillas agrícolas que han acompañado al hombre durante su estancia en la Tierra: la despensa de la humanidad ante la peor de las catástrofes. Cuando el gobierno noruego inauguró el Banco Mundial de Semillas, lo presentó como el Arca de Noé

Sin embargo, pese a las medidas de seguridad, el Gobierno noruego ha reconocido que se ha visto obligado a tomar medidas para evitar las filtraciones de agua en la galería de acceso. La carretera de acceso está rodeada de gruesas capas de nieve y va serpenteando la montaña, hasta que, finalmente, tras una curva, un saliente de hormigón grisáceo en mitad de la nieve perpetua enmarca una sombría puerta de entrada rematada con una escultura de espejos de colores en el techo. El hecho evidencia hasta qué punto el calentamiento mundial va camino de profanar algunos de los iconos que simbolizan la vida del planeta. La bóveda que debía ser la última garantía para salvar un tesoro natural y nuestra seguridad alimentaria, se convierte ahora en símbolo de la vulnerabilidad humana. pese a las medidas de seguridad, el Gobierno noruego ha reconocido que se ha visto obligado a tomar medidas para evitar las filtraciones de agua en la galería de acceso

“La bóveda de las Svalbard nunca me pareció una buena solución; de hecho genera una falsa imagen de seguridad. Está en las afueras de Longyearbyen, capital de este archipiélago noruego a 1.300 kilómetros del polo Norte. Duch es partidario de despatentar las semillas para que, en manos de los campesinos, circulen sin control, sin vallas, para que se multipliquen, porque es “así como siempre se han conservado”. La Gran Barrera de Coral de Australia; los osos polares, que pierden sus plataformas heladas desde donde organizar su caza en los mares árticos, o las abejas, víctimas de múltiples amenazas, son algunos de los emblemas de la biodiversidad que están en jaque. Jordi Bigues, escritor y divulgador ambiental, defiende también que la conservación de las semillas in situ(en su medio natural), ligada al conocimiento derivado de las prácticas agrícolas tradicionales, convencido de que su verdadero valor está en su interrelación con la práctica de los agricultores. El Banco Mundial de Semillas de Svalbard es una mina de 120 metros de profundidad, excavada en una montaña helada de piedra. Representa una respuesta única y faraónica, cuando lo que se necesitan son respuestas pequeñas, múltiples para conservar esa biodiversidad”, dice Gustavo Duch, director de la revista Soberanía Alimentaria. El suceso de las Svalbard encierra una paradoja. Fue considerado el lugar idóneo, al ser capaz de hacer frente a todos los riesgos (el calentamiento, la guerra o una subida del nivel del mar), sorteables gracias a la ausencia de actividad tectónica y las condiciones del suelo helado (permafrost) que rodea la bóveda, y que permite mantenerla a cuatro grados bajo cero.

Cada especie que desaparece es una catástrofe cósmica”, sintetiza Wagensberg. “La Tierra es una metáfora de la isla de Pascua, una auténtica isla a-is-lada en el cosmos, pues la estrella más cercana está a años luz. Se extinguieron por inanición en un desierto que les atrapó, porque no tenían ni madera para fabricar una simple canoa. La desaparición de la cultura de la isla de Pascua (Aku Aku) permite poner un espejo retrovisor al apocalipsis. “Sus habitantes liquidaron los recursos naturales de la isla para construir sus moáis (estatuas de piedra) para cumplir con sus tradiciones, hasta que quedaron sin nada, aislados de verdad, del todo”. “Hasta el ciudadano más indiferente, egoísta y corto de miras ya no discute que la biodiversidad es un tesoro cuya pérdida comporta irreparables consecuencias para nuestra supervivencia. La necesidad de conservar una especie se justifica en razones éticas, estéticas y económicas porque atesora gran valor, comprensible incluso para “los ­psicópatas del medio ambiente”.
Pero con un cambio de comportamiento han revertido ciertos riesgos. La novedad consiste en haber tomado conciencia de que nuestro futuro depende de nosotros mismos”, dice el físico e investigador Jorge Wagensberg, autor, junto con Joan Martínez Alier, de Sólo tenemos un planeta (Icària), convencido de que el ciudadano sabe aplicar mejor el método científico para afrontar las incertidumbres y anticipar “catástrofes reguladas por las leyes físicas”. Ahí tenemos, la recuperación de los ríos o la prohibición de los sustancias fluorocarbonadas…”, añade optimista. Con el tabaco, por ejemplo, se intentó confundir a la gente de que su peligrosidad no estaba demostrada. El ciudadano puede coger las riendas, dice. “Hoy, una misma persona puede constatar a la vez la amenaza y la realización de su fatal pronóstico. “Hasta ahora siempre hemos relegado este tipo de desastres a un segundo plano. Casi nada…”, ironiza. “Sólo nos falta encontrar una alternativa al crecimiento como motor de la economía. Pero la necesidad vital humana de conocer y la conciencia de que en un sistema democrático es posible afianzar el progreso y la razón con un sentido crítico permiten ahuyentar fantasmas y supercherías.
Jordi Pigem

Las semillas de Svalbard no van a resolver el hambre en el mundo, puesto en este banco sólo está una representación. Sólo puede resolver una emergencia”

autor de Intel·ligència vital
No obstante, precisa que “las semillas de Svalbard no van a resolver el hambre en el mundo, puesto en este banco sólo está una representación; es un catálogo. Sucesos como el de la bóveda de las Svalbard minan la tecnolatría, en palabras del filósofo y poeta Jorge Riechmann. Dependemos de las abejas, del plancton o de los millones de microorganismos de un lugar fértil y lleno de nutrientes llamado Tierra”, dice Duch. “Además, vuelve a recordarnos que somos seres ecodependientes de la Tierra y que, por muchos superhéroes y soberbia que gastemos, la vida no se consigue con la acumulación de capital. Sólo puede resolver una emergencia”. En cambio, Luis Guasch, director del Centro de Recursos Fitosanitarios (Ministerio de Economía) defiende estos bancos de semillas, entre otras razones porque muchas variedades desaparecen en su medio natural al dejar de usarse y porque la mayor parte de las que se usan están en manos privadas.