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Resignación

Ante este panorama, no tengo el atrevimiento de recomendar contención, es decir, resignación. Ahora muchos de ellos sienten comprimidas sus carnes de manera abusiva y asfixiante. Lo dicen en serio, pero parece una broma, ya que la sociedad española se siente cómoda con la Constitución y no tiene interés en cambiarla. Este panorama sólo admite dos salidas: o resignación o ruptura. Pero carecen de fuerza demográfica para cambiarla. Muchos de ellos no quieren saber que la cosa acabará mal. Los catalanes votaron la Constitución: esperando que el traje no mudaría en corsé. El Gobierno central, así como los medios, los tertulianos y casi todos los partidos españoles proponen una salida: “Cambien la Constitución”. El Estado no cedió. Yo puedo ser contenido personalmente, pero no puedo cerrar los ojos. Resultado: Aena extrae enormes beneficios de El Prat mientras reduce la inversión en seguridad y servicios. Aena, que responde a los intereses de la España radial, privatizó parcialmente la gestión. Hace diez años, moderados y empresarios pidieron desde el Iese la descentralización aeroportuaria. Los moderados callaron. Se sienten enjaulados. La ciudadanía española lo vive de otra manera: no puede, ni quiere, entender las ilusiones y problemas del catalanismo. Por ejemplo: ahora no deja que el Gobierno del presidente Puig se dirija en valenciano al de Puigdemont. Otros sí lo saben y, sin embargo, persisten en su camino. De ahí que se popularicen en las tertulias españolas las visiones caricaturescas (el tópico de la pela) o juicios temerarios sobre los catalanes (están enfermos, adoctrinados, fanatizados, fracturados…). El aeropuerto de El Prat se ha convertido en la metáfora que lo resume todo. Predicar el miedo y pedir resignación ha sido la receta de los moderados catalanes, que no pueden proponer más que su deseo de diálogo, ya que el Estado ha negado por activa y pasiva el diálogo sobre las tres sustancias: financiación, cultura propia y competencias. Cuando el independentismo salió de los márgenes para convertirse en el principal nervio catalán, lo describí como una reacción alérgica a una ley que no deja ni tan siquiera la salida contemplada por la ley (no es un juego de palabras: el TC ­avisa que el referéndum no se puede hacer, pero en una famosa sentencia del 2010 enmendó un referéndum que sí se podía hacer). Este contexto contribuye a reforzar la decisión independentista de echarse al monte. Rechazan los cuidados paliativos que prometen los moderados (los cuales, de hecho, no guardan en el botiquín ni una aspirina que ofrecer). De manera fatalista, como quien, consciente de la irreversibilidad de su enfermedad, elige la eutanasia. Ciertamente: todo ciudadano hace cierto esfuerzo de adaptación al común, pero más allá de este esfuerzo genérico, la mayoría de los ciudadanos españoles creen que la Constitución es un traje a medida (la cuestionan sólo los indignados, que Podemos encarna: también se han sentido excluidos). De hecho, el Estado insiste hasta extremos grotescos en la uniformación.