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Miguel Urbán, redención y éxtasis en Vistalegre 2

Fue elocuente que Iglesias participase de la ovación a Urbán y Errejón, no, sobre todo porque el líder anticapitalista se convirtió en la voz de la ira contra “los poderosos”, pero también contra el enfrentamiento en la cumbre entre los números uno y dos de Podemos. Iglesias y Errejón fijaron la foto de su abrazo, ya desgastada por el uso, como rúbrica de la voluntad de no echar a perder su criatura política en sus horas más delicadas. De ahí también que la gente se viniera arriba en un aplauso que no suponía tomar partido en la fractura interna, un aplauso que fue catarsis y exorcismo para conjurar el demonio innombrable que planea sobre este congreso y que trasciende las hipótesis sobre la naturaleza indómita o doméstica de la formación. El fantasma de la ruptura. Pero ni siquiera ese abrazo, ejecutado con franqueza e intensidad pero sin posibilidades redentoras, tuvo el efecto salvífico de los gritos de Urbán, epílogo furioso de una campaña en la que el eurodiputado trotskista ha tomado envergadura merced a su sensata elusión del encono de sus compañeros.
Fue elocuente que Iglesias participase de la ovación a Urbán y Errejón no
Bien al contrario, fue muy aplaudido, y sus palabras fueron saludadas con el grito de este congreso: “¡Unidad!”. Aunque hubo ligeros silbidos a Íñigo Errejón cuando entró en el albero, no se repitieron mientras hablaba defendiendo su proyecto político desde la tribuna. Se repitió tanto que desplazó al “¡Sí, se puede!”, santo y seña de los morados desde su fundación. En todo caso, Errejón evitó complicarse la vida con un discurso que pudiera traerle problemas en un foro en que eran muchos más los puños en alto que las uves de victoria, y dedicó su plática a impugnar a PP, PSOE y Ciudadanos, la alianza que a su parecer conforma un gobierno débil: “Los poderosos han comprado tiempo, no están fuertes”. Fue el único argumento en que su discurso disentía de lo que habría firmado Iglesias.
Preparando el lunes. No hay enemigos aquí, aquí somos compañeros. Nosotros somos compañeros y somos los que vamos a ganar”. Todo el coso se puso en pie, incluido, en primera fila, Pablo Iglesias aplaudiendo y haciendo un gesto afirmativo con la cabeza. Era perentorio soltar los nervios. Nuestros enemigos son poderosos y no nos podemos equivocar de enemigos. “Somos tan grandes como los enemigos que elegimos, y tan pequeños como el miedo que les tengamos. El graderío de Vistalegre amanecía tenso con emociones y miedos embridados durante semanas deseando galopar sin rienda, y la espita que los dejó salir fue el discurso enardecido de Miguel Urbán, el líder del sector anticapitalista, que puso de pie a todo Vistalegre con un discurso impugnatorio del statu quo.

Urbán ha tomado envergadura merced a su sensata elusión del encono de sus compañeros

Iglesias, ovacionado al recordar que “los escaños no son nuestros”
Hace falta construir un pueblo que vaya expresando la posibilidad de una España nueva, y para ello necesitamos palabras como impulso constituyente”. No parecía que el órdago de Iglesias, en el que algunos quisieron ver un farol, dispuesto a irse si no lograba la hegemonía de su proyecto político peligrase. Tuvo que escuchar entonces los gritos de “¡Presidente, presidente!”. Para no dejar lugar a dudas, Iglesias empleó su turno en la tribunal para defender su candidatura a la secretaría general en defender, uno a uno, a los miembros de su lista al consejo ciudadano. “No tenemos un gobierno débil, sino un gobierno de restauración. Fue uno de los momentos potentes del discurso de Iglesias, ovacionado cuando repitió “que aquí estamos de paso, que los escaños no son nuestros”.

Errejón fue recibido con ligeros silbidos