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Macron se declara “orgulloso de ser banquero” y niega se rehén de los lobys

La institución presidencial, tradicionalmente caricaturizada como “monárquica” desde el mundo anglosajón, que el General de Gaulle y sus sucesores rodearon de respeto, ha sido definitivamente banalizada por presidentes políticamente bajitos. Avería en las referencias ideológicas tradicionales en el país que inventó los campos de “izquierda” y “derecha” para definir a conservadores y progresistas, si se confirma que el pulso final de mayo será entre una oferta de ultraderecha con la xenofobia en el centro de su discurso que se presenta como “ni de izquierda, ni de derecha”, la del Frente Nacional de Marine Le Pen, y otra europeísta neoliberal que pretende incluir “a la izquierda y a la derecha”, la oferta de Emmanuel Macron, ex banquero de inversión, ex miembro de un gobierno socialista, en alianza con políticos centristas ex aliados de la derecha y con apoyos del gran empresariado y de la tecnocracia europea. Una es la divisoria entre sensibilidades nacionales contra sensibilidades europeístas, otra es la que separa programas con orientación social de programas neoliberales, otra la que distingue a reaccionarios sociales y progresistas en aspectos de moral, costumbres, e identidad, otra la que divide a ecologistas y crematísticos, y, finalmente, la separación entre belicistas y pacifistas. La clave de las próximas elecciones es la avería. Eludió entrar en aspectos de política exterior, ámbito en el que se le considera mal preparado, pero reivindicó un estricto alineamiento europeísta. Se le consideraba el más expuesto, pero pasó la prueba sin gran sufrimiento pero tampoco sin particular brillo. Todo eso se reflejó en el debate de anoche. El mensaje que mejor resumió su posición fue el diagnóstico acerca de que los males de Francia se derivan, de que, “el orden establecido no es el bueno”. “Soy el único que mantengo los compromisos europeos”, “hay normas (alemanas) que hay que respetar” y hay que fortalecer el “partenariado con Alemania”, “lejos del insulto a Europa”. Hasta ahora solo se celebraba un debate, entre la primera y la segunda vuelta, restringido a los dos candidatos finalistas. “Yo no hago controles de identidad con mis donantes”, respondió Macron, “no soy la marioneta de nadie”. “No creo que el euro haya sido bueno”, dijo. En política exterior tuvo momentos gaullistas al pregonar independencia hacia Estados Unidos, buenas relaciones con Rusia y al criticar la política francesa en Siria. Hay un gran descrédito hacia la clase política en general, hacia los medios de comunicación (50% no confía en sus informes y el 70% considera que los periodistas no son independientes), y porque más del 30% de los franceses no van a votar si se cumplen los pronósticos -muchos de ellos en desacuerdo con “el sistema”-, entre ellos el 48% de los jóvenes de entre 18 y 25 años, bien por no estar de acuerdo “con ningún candidato” (17%), bien porque creen que “no sirve para nada” (16%) u otros motivos. Fue seguramente el candidato con menos gancho de los cinco. El debate de anoche fue el primero de la historia política francesa celebrado antes de la primera vuelta de las presidenciales. Por orden de intención de voto en sondeos; la ultraderechista Marine Le Pen, el europeísta neoliberal Emmanuel
Macron, el conservador lastrado por las sospechas del Penélopegate, François Fillon y los dos candidatos de una izquierda dividida, Benoït Hamon y Jean-Luc Mélenchon, socialistas empatados de diversa tendencia, participaron en una confrontación, civilizada y con argumentos, de dos horas y media sobre; modelo de sociedad, economía y política internacional. “Gracias por su pudor”, respondió Jean-Luc Mélenchon, “pero aquí hay tres candidatos que no tenemos ningún caso judicial encima, eso se refiere a Fillon y Le Pen”, el primero con sospechas de empleos ficticios de su mujer, y la segunda por haber reclutado a sus colaboradores para trabajos en su partido pagados con fondos del Parlamento Europeo, así como por infravalorar su patrimonio. Emmanuel Macron, pujante en los sondeos, se declaró “orgulloso de haber sido banquero”, algo que se le reprocha, dijo, metido en política para “hacer cosas útiles” y convencido de que, “la divisoria clásica (derecha-izquierda) no ha resuelto nada y no sirve”. Pregonó una “conferencia de seguridad europea, de Lisboa a los Urales”. El candidato sin partido respondió explicando cómo se financia su campaña, sobre la que no ha publicado listas de donantes. Objetivo de los candidatos que participaron en el debate -de dos horas y media en el primer canal de la televisión que concluyó pasada la medianoche- era la conquista del partido mayoritario: el de los indecisos (alrededor del 40%) y el de los abstencionistas (por encima del 30%). En esta campaña, los debates se sucederán, habrá otro el 4 de abril, de nuevo el 20, tres días antes de la primera vuelta y otro en vísperas de la final. Benoït Hamon exponía su plan para “eliminar la influencia de los lobys” cuando Macron comentó: “eso va por mí”. Benoït Hamon se preguntó, “¿qué pueblo queremos ser, solidario o autoritario?” y abogó por la “independencia ante los lobys”. Líder en la primera vuelta y eterna derrotada en la segunda, Le Pen fue tajante: “quiero detener toda emigración”. “No quiero ser la vicecanciller de Merkel, quiero restablecer el derecho de los franceses a decidir por sí mismos”, proclamó Marine Le Pen, en el marco de un, “rearme contra la mundialización”. Un país que busca soluciones en chivos expiatorios, en repliegues nacionales contra la mundialización, en refundaciones republicanas o en reformas neoliberales a las que su sociedad se ha resistido con mayor tenacidad que cualquier otra nación europea. Avería por el desprestigio de la función presidencial, acrecentada desde 2007 por los dos últimos presidente de la República, Nicolas Sarkozy y François Hollande. Y avería, en fin, social y ciudadana, porque la fábrica integradora y los ascensores sociales republicanos que daban cierta estabilidad al sistema, se han detenido, se han parado configurando, desde hace una generación nuevas marginalidades enquistadas territorialmente. Ambas ofertas situarían la crisis francesa en un nuevo escenario. Una Francia que se compara con la de los “treinta gloriosos” y se asusta. Otro momento con chispa se produjo cuando la periodista se refirió a los casos judiciales que penden sobre “algunos de ustedes”. Fillon reprochó a Le Pen ser una “serial killer” para la economía con su propuesta de salida del euro. Esa avería se traduce en que ambos partidos podrían quedar fuera de la final del 7 de mayo. También fue el más beligerante contra la Rusia de Putin y la Siria de el Asad. Una avería institucional, con la doble crisis de los dos grandes partidos que se han repartido el gobierno y el juego institucional de Francia en los últimos treinta años. Todas ellas atraviesan con distinta intensidad a la derecha y a la izquierda, excepto las dos últimas: solo en la izquierda hay una oferta contraria al incremento de los presupuestos militares y adversaria del intervencionismo militar francés en el extranjero (Mélenchon), y solo en la izquierda se da relieve a los temas medioambientales (Hamon y Mélenchon). Tuvo momentos brillantes, pero no parece que este debate vaya a alterar su posición sustancialmente. Los cinco principales candidatos a la presidencia francesa, aquellos con una intención de voto superior al 10%, se han enfrentado esta noche en un debate televisado que ha inaugurado la campaña, ante unos diez millones de telespectadores, según la previsión de audiencia avanzada, y durante casi tres horas y media, hasta las 12:25 de la noche. Fue uno de los raros puntos marcados por la Le Pen cuyas intervenciones no brillaron. Salió mejor librado de lo esperado. Le Pen respondió enseñando un gráfico que reflejaba la evolución de las economías europeas desde la introducción del euro, con una línea alemana hacia arriba y otras, francesas, españolas e italianas, hacia abajo. En los programas y los posicionamientos, cinco grandes divisorias atraviesan las cinco ofertas ayer presentes en el debate televisado. Tanto Macron como Hamon han sido ministros con el Presidente François Hollande. Segundo en turno de palabras, Jean-Luc Mélenchon se presentó como un “presidente social y ecologista” con su programa de refundación de la República sobre sólidas bases sociales, fuera de la energía nuclear y de la OTAN. Fillon prometió liberar a Francia de un “exceso de reglamentaciones” y situó las tres amenazas; un presidente de Estados Unidos “imprevisible”, la potencia comercial de China y el islamismo yihadista. “¿Puede asegurar que no hay grupos farmacéuticos y bancarios entre sus donantes?”, le interrumpió Hamon que cuenta con la red de financiación de su partido (socialista). Sus adversarios no le atacaron por la sospecha de empleos ficticios que le rodea. El debate tuvo momentos de gran animación y hasta humor, alrededor del reproche que se hace al joven Macron de ser el representante de los grandes grupos empresariales. La avería nacional de una Francia en declive estatal y social y descontenta por ello. Los cinco demostraron la posibilidad de un debate razonable desde argumentos y posiciones contrastadas que fue más allá del mero intercambio de monólogos y reproches. Se alteró al escuchar la declaración de fidelidad a Alemania de Macron. Todo lo demás, Europa, el proteccionismo, el republicanismo, la identidad nacional, la xenofobia y el neoliberalismo es transversal. Todas las tensiones militares de Europa se derivan de haber cerrado en falso la disolución de la URSS ignorando los intereses rusos, sugirió. Fue en ese momento cuando el conservador Fillon intervino: “es bueno que haya un debate interno entre socialistas”, dijo entre risas. Los tres candidatos que juegan en la primera liga de esta campaña, Macron, Le Pen y Fillon se lanzaron sus concepciones económicas.