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Jordi Pujol, cuatro visiones de una vida llena de claroscuros

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El expresident cumple 90 años el martes, con una trayectoria política bañada en luces y sombras que cuatro articulistas de ‘La Vanguardia’ analizan desde ópticas distintas

Algunos organismos (del tipo Copca, ahora Acció) mostraron lo que podría haber significado para la economía y la sociedad catalanas un modelo administrativo más ágil y eficiente. Los miedos e incertidumbres de hoy están lejos de las esperanzas e ilusiones que, a pesar de todos los problemas económicos (caída del textil, por ejemplo) suscitaba estrenar la democracia, recuperar el autogobierno, programar infraestructuras, edificar escuelas, fomentar la inversión extranjera, inaugurar museos, potenciar la lengua catalana, crear una red hospitalaria… No la rectificó con criterios de eficiencia, agilidad y flexibilidad. Todo lo bueno que hay en Catalunya en estos ámbitos responde a la iniciativa privada. Catalanizó aquella herencia, pero no la reformó. Pujol se tragó la inmensa cantidad de funcionarios del Estado que le tocaban en el proceso de descentralización autonómica. La modernización pujoliana no fue muy diferente de la española en general. No sirvió para transformar el turismo de sol y playa; ni para consolidar el sistema educativo como ascensor social. La administración, por ejemplo. Legalista y exigente con el administrado, no supo guiarlo, no impulsó una verdadera transformación del país. El president Pujol prefirió acumular funcionarios y transferencias. La reforma universitaria de Mas-Colell es uno de los mejores éxitos de la administración Pujol; y el modelo sanitario, por supuesto (aunque en otras autonomías también es bueno). La administración catalana acumuló mucho poder, y lo ejerció de manera muy española. No contribuyó a modernizar la agricultura, a potenciar la industria en los lugares en que se hundía. Una máquina enorme y quatribarrada, impermeable al sueño novecentista de una Suiza mediterránea.

Francesc-Marc Álvaro,

El hijo, con dotes naturales por el liderazgo, aprenderá así la naturaleza anfibia del dinero a la vez que asumió una misión de redención nacional a la que estaba dispuesto a entregarlo todo. Es de Baltasar Porcel, de 1992, y valdría como el final de la segunda temporada sobre una gran saga catalana del siglo XX. ¿Cuáles eran? Y ya viejo, el padre, inquieto por operaciones fallidas de un banquero que quiere ser político y temiendo que pignorara del todo la fortuna, aseguraría rentas dejando un capital al extranjero. Perdió los papeles, pero explicó su versión del origen. En 1992, fin de la segunda temporada sobre la saga. El título no es mío. Política y culpa, familia y corrupción. “Convertir todo esto en drama entre Hamlet y Macbeth, media el ridículo, pues ni siquiera obedece a mala voluntad: quienes están en el ambiente es imposible que desconozcan sus dimensionas exactas”. La inicia Florenci Pujol, el centro lo ocupa el político más determinante de la historia del catalanismo y la acaba demoliendo su hijo mayor. El padre. Lo tiene todo. Un tipo espabilado de la posguerra que se enriquece en la bolsa donde contacta con grandes burgueses y para quienes realiza operaciones opacas que el franquismo tolera porque lubrifican la industria textil. Pero en esa coyuntura el pujolista Porcel pretendía relativizar lo que le parecía sólo lucha por el poder dentro de Convergència. La primera la ha guionizado Pujol mismo. Empieza la tercera. Florenci. Una historia amoldada a una tragedia. No en las memorias, sino en la intervención saturnal en el Parlament tras la confesión.

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Desde joven, Pujol estaba encaminado a destilar un nuevo programa político a partir de la crítica severa a los errores de la Lliga y la ERC de los años treinta, del europeísmo, de la democracia cristiana y la socialdemocracia, del personalismo comunitario de Péguy y Mounier, del concilio Vaticano II, del análisis de la inmigración, de la observación de las clases medias, y absorbiendo muchas de las ideas de Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar, entre otros. De todo ello manará una síntesis eficiente, que no será más que una puesta al día del nacionalismo catalán. Es este papel simbólico –no su enorme obra de gobierno– lo que queda fulminado tras la confesión del 25 de julio del 2014. El pujolismo no es un sistema de ideas articulado, es una versión del catalanismo político ligada a la estrategia concreta de un líder, que combina hábilmente relato y acción. Rebozó sus discursos con una mística muy genuina (ya la encontramos en sus escritos de prisión) y también con constantes digresiones moralistas que hicieron de él un president peculiar, con la manía de representarse como un coach espiritual laico. Pujol, sin embargo, no tenía bastante con todo eso.

Los gobiernos de Pujol fomentaron una lectura identitaria, que abanderó el técnico Joaquim Arenas: amparándose en el consenso parlamentario, impulsó una visión nacionalista de la lengua. La escuela catalana fue una gran victoria de todo el Parlament, que avaló la inmersión. Pujol lo llamaba autoestima. Capaz de impresionar a los fuertes y de maravillar a los sencillos, de fascinar auditorios, de negociar ventajosamente con el poder central, de viajar, políglota, por el mundo buscando capitales o influencia. Durante años, los catalanes, dispersos y acomplejados bajo el franquismo, se reunieron frente al espejo de TV3 y se sintieron atractivos. Se dice que han servido para adoctrinar: no, han servido para acicalarse. Nos vamos alejando del tiempo de Pujol. En cambio, el peso político de Pujol fue enorme, colosal. Se dice que es el creador de la Catalunya de hoy, pero su obra de gobierno, siendo tan larga, dejó escasos frutos que merezcan el calificativo de excelente. Tarradellas había marcado el camino: el poder es simulación. La persona, felizmente, sigue entre nosotros (terriblemente erosionada, eso sí, por el peso de una sombría historia de corrupción familiar). Pero la realidad de sus años de gobierno se va perdiendo en una nebulosa en la que el olvido y la leyenda se confunden, como ocurre con todas las obras humanas. Corregida y aumentada. TV3 y Catalunya Ràdio sí respondieron a una idea clara: proyectar un gran ojo en catalán sobre el mundo, configurar una audiencia comunitaria, potenciar la lengua. Quizá por ello la ficción sigue. Una Generalitat que no podía cambiar a fondo la vida económica y social catalana, sirvió para crear una formidable imaginería simbólica, una ficción de país, una sugestión de poder. Estas capacidades eclipsaban de hecho la obra de sus gobiernos, que nunca estuvieron a su altura. Ha sido un político de gran inteligencia y astucia. Bajo este paraguas simbólico se cobijaron varias generaciones. Pero enseguida perdió el sentido original, integrador.

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La caricatura nos presenta a Jordi Pujol como el tendero que gana elecciones porque sabe tocar la fibra sensible de una mayoría que otros desprecian, con un producto que el mismo líder nacionalista resumió, en 1979, de la manera más costumbrista y mesocrática posible: “Sant Pancraç, doneu-nos salut i feina”. Hay que decapar la pintura reseca de esta caricatura, para analizar seriamente, con perspectiva, al político catalán más importante del siglo XX. Porque Pujol –guste más o menos– es el dirigente que influye más en la transformación de Catalunya desde las instituciones, el que pesa más en la gobernabilidad española, y el que proyecta de manera más eficaz el hecho nacional catalán al exterior. La caricatura, siempre la caricatura, obra de sus adversarios y obra también –hay que remarcarlo– de él mismo, que sabía sacar partido de ella, trastocando la crítica con habilidad de gran malabarista.

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A diferencia de su admirado Enric Prat de la Riba, el fundador de Convergència no pretendía ofrecer un nuevo corpus ideológico del movimiento catalanista, como lo fue, en 1906, La nacionalitat catalana. No, Pujol no es un ideólogo, a pesar de ser un hombre de ideas, con una capacidad sensacional de absorber información y conocimiento, y con una inteligencia especial para conectar conceptos. Las ideas tienen un lugar muy importante en su trayectoria, pero solo instrumentalmente, como fundamento del proyecto que es, finalmente, el de alguien que pretende transformar la realidad y quiere hacer política y desplegar políticas. Pujol ha detestado siempre a los diletantes empachados de ideología que son incapaces de arremangarse. No nos confundamos. Pujol, que lee mucha historia y sabe descodificar todos los cambios sociales y culturales, es un adaptador, un versionador y un modernizador del catalanismo político más que un pensador original. Lo que define a Pujol es el centro de gravedad propio de todo líder: la acción.

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Solo en el PSUC, con Antoni Gutiérrez Díaz al frente, comprendieron con rigor que el médico que fue banquero era un rival de envergadura. Esta caricatura pujoliana (desde el antipujolismo como desde el pujolismo, incluso desde su familia) incluye la estampa vintage de un Pujol ideólogo y doctrinario obsesivo. Hay que revisar las explicaciones fáciles que hemos construido sobre una figura de altísima complejidad, más difamada que entendida. Nada más falso.Empieza a ser hora de revisar toda la literatura sobre Pujol, y no sólo por el efecto disruptivo de su demoledora confesión sobre la herencia escondida del abuelo Florenci, que también.

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Y el otoño del 92, la columna de Porcel es la onda expansiva de un congreso de Convergència cerrado aparentemente en falso. Si la vieja misión nacionalista del líder era la fundación de un poder catalán, y lo logró, el partido era la herramienta que se lo permitió a la vez que caería en la tentación de patrimonializar la institución. La segunda temporada empieza en Palau. 10 de la mañana del 7 de mayo de 1980. “La polémica enmienda del hijo de Pujol se retira al creer cumplido el objetivo”, titularon Jorba y Gisbert. “La Generalitat només som tu i jo”, dice Pujol a Lluís Prenafeta, secretario general de la presidencia. Hacía casi un año que Pujol Ferrusola conspiraba para debilitar el poder de Roca y lo estaba logrando: el sucesor natural, de facto, quedaría neutralizado y ya no habrá contrapesos entre líder, partido, gobierno e institución. Quería fundamentar el liderazgo en la exigencia ética, pero no dejaba de sentirse atraído y rodeado por el lado oscuro de una fuerza que necesitaba para sus maneras de gobernar. La enmienda de la agrupación de Sarrià-Sant Gervasi, quequería incidir en los pactos del grupo parlamentario en Madrid con el gobierno González, fue retirada, de acuerdo, pero cronistas astutos desvelaron qué estaba en juego. Tres semanas después del artículo de Porcel, bautizo de dos nietas del president en el salón Sant Jordi. Los acuerdos con el poder real, con la Moncloa, llevarían la rúbrica del patriarca al tiempo que la financiación del partido, de todos los del poder, se entenebrece. Los asistentes son quienes cocinaron una sucesión clánica. “La enmienda ya había cumplido su objetivo: enrarecer el ambiente del partido en contra de Miquel Roca, que hoy no se presenta a la reelección como secretario general”, escribieron Antich y Company. Pujol hacía como un Hamlet que no escuchaba lo que pocos colaboradores osaban decirle mientras un coche de alta gama quemaba los neumáticos en las noches de Barcelona. Podría parecer una anécdota, pero es categoría. Empezaba la última temporada. Lo conduce un Macbeth cargado de billetes. Dos hombres hablan esperando su hora. Digámosle insensibilidad para distinguir entre lo que es legalmente permisible y lo moralmente intolerable.

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Viajó a muchas provincias como un vendedor de una mercancía llamada Catalunya. La relación de Pujol con los gobiernos españoles, es decir, la relación de la Generalitat que presidía y el Estado, la explica él mismo en uno de sus libros de memorias: “Para conseguir una autonomía de gran calidad social que garantizase la identidad catalana y que fuera reconocida dentro y fuera de España teníamos que ser fuertes en Catalunya y tener peso en Madrid”. Un peldaño más abajo, no hubo gobierno español que no dependiera de Pujol en algún momento. La confianza se trasladó a Felipe VI cuando, siendo todavía Príncipe de Asturias, reconoció una identidad nacional catalana. Y de su partido dependió Zapatero, porque sus escaños salvaron al gobierno y a la propia España, que el PP dejaba caer, en el dramático mayo del 2009. Powell, a Pujol le gustó tanto que animó a Felipe González a que hiciese suyas las palabras del Príncipe. Se dedicó tanto a esa idea que el diario ABC lo proclamó “Español del año 1984”. De Rajoy no hablamos porque, aunque gobernase Pujol, no lo podría salvar después del 155. Según Charles T. Su etapa es, probablemente, la edad de oro de la relación, ahora turbulenta, Generalitat-Estado español. En 1983 organizó en Madrid una magna exposición de sugerente título: Catalunya dins l’Espanya moderna. Y, naturalmente, le puso precio: gran parte del desarrollo autonómico se logró por esos acuerdos, incluso con Aznar. No es cierto, en cambio, que Aznar haya sacrificado a Aleix Vidal Quadras por su exigencia. Miguel Ángel Rodríguez lo recuerda como un socio incómodo, que intentaba exprimir todo lo que podía: “cada final de una negociación era el comienzo de la siguiente”. El resumen de esta relación es que se cambió estabilidad por autogobierno de Catalunya. Probablemente su primer vínculo fue con la Corona. Los gobernadores civiles desaparecieron como tales porque él lo exigió. Nunca quiso que un militante de CiU, ni Durán Lleida ni Miquel Roca, fuese ministro, pero facilitó la gobernabilidad, su obsesión. En consecuencia, aplicó su principio: una Catalunya grande en una España grande. Dependió Adolfo Suárez, que consiguió la investidura, legislar y salvarse en una moción de censura gracias a los votos de la entonces llamada “minoría catalana”. Dependió Felipe González cuando perdió la mayoría absoluta en 1993 y se mantuvo en el poder gracias a los escaños de CiU hasta que Pujol en 1995 le dijo: “Lo lamento mucho, voy a tener que retirar el apoyo, pero de verdad que lo siento mucho por ti”, y González no pudo aprobar los presupuestos y tuvo que convocar elecciones. Un gran vendedor. La relación con Juan Carlos I tuvo complicidad, como se demostró en el célebre “tranquil, Jordi, tranquil”. Se reunía con grupos de periodistas y personajes de toda condición en Barcelona o Madrid. Pujol elaboró, sin duda, las bases de lo que ahora se conoce como “estructuras del Estado catalán”, pero no creyó en la independencia como meta alcanzable. Dependió Aznar, que selló el Pacto del Majestic días después de que los hinchas del PP celebraran la victoria del 96 con un “Pujol, enano, habla castellano”. Muchos años más tarde le pregunté por su memoria del rey y me respondió que pensaba que el monarca nunca entendería a Catalunya, pero “inspiraba confianza” y gracias a esa actitud real “Catalunya siguió creyendo en su buen encaje en el Estado, se hicieron progresos lingüísticos y el ambiente fue muy positivo”. Hoy se puede decir que la relación Pujol-España ha sido una exhibición de pragmatismo, de realismo y de inteligencia política. Pero hay una parte menos recordada: el apostolado de Catalunya que Pujol hizo por gran parte de España. Ese era el negocio.
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Jordi Pujol, president de la Generalitat, durante un pleno del Parlament de Catalunya (Pedro Madueño)

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