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Exclusiva: Lea un cuento de Thomas Wolfe inédito en castellano

A cualquiera le llevaría toda la vida conocer Brooklyn de cabo a rabo. “A lo mejor ya se ha dao cuenta de que no vivirá lo suficiente para conocer todo Brooklyn. Y ni aun así. Era esa época en la que Estados Unidos todavía se percibía con sus orígenes salvajes, agrestes o rurales vinculados a las aldeas y la familia. Ni por esas conoce uno Brooklyn del todo”, termina el cuento. Un sitio pequeño y cercano del que Thomas Wolfe trato siempre de escapar, incluso viajando a Europa y poniendo un océano de por medio.
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–dice–. Bueno. –dice–. –salto yo–. ¿Y tú cómo sabes todo eso? –¿Ah, sí? En el cementerio. Así de listo eres. Tan listo que alguno te va a meter una en los morros cualquier día, sí. –Pues sí –dice. Siento mucho no poder quedarme a cuidar de ti, pero ya nos veremos, espero. Entonces me puedes contar cosas de este pueblo que naide sabe –digo–. Vaya, un tío listo, sí, ya sabes. –¿Ah, sí? Pero soy lo bastante listo para distinguir a un chulo cuando lo tengo delante. –digo. Bueno, porque ya llegaba mi tren, que si no le hubiera metido una allí mismo, pero cuando vi que venía el tren lo único que le dije fue:
–Venga, majo, con Dios. –me cabreo porque sabe mucho, y le digo–: ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? –¿Ah, sí? –Toa mi vida –dice–. –Pues no sé qué decirte –digo–.Todavía no han usao mi cabeza para la estatua de Lincoln. Nací en Williamsburg… así que te puedo decir cosas de este pueblo que tú ni has oído en tu vida. –Bien, pues nada. Te crees muy listo, ¿no? Te crees muy listo, ¿verdad? Igual te las has inventao todas tú solito antes de irte a dormir… Las has montao como si fueran muñequitas de papel, o cosas de esas. –¿Ah, sí?
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El libro ‘Cuentos’ recoge hasta 58 textos de Thomas Wolfe
(Páginas de Espuma)

La trama no se queda ahí, evidentemente, sino que se convierte en un análisis de la vida en esa ciudad que aún no se había convertido, ni de lejos, en la gran urbe actual si no que era más bien la suma de pequeños pueblitos cada uno con sus peculiaridades (y peligros), como el muelle de Red Hook, por ejemplo.

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No hay bicho viviente que conozca Brooklyn de cabo a rabo(solo los muertos conocen Brooklyn de cabo a rabo) porque hace falta toa una vida solo pa’ encontrar el camino, cuando anda uno por esa maldita ciudad (solo los muertos conocen Brooklyn de cabo a rabo, y hasta los muertos se enzarzan en porfías por cómo está hecha esa telaraña de selvática desolación que es Brooklyn de cabo a rabo). El invierno de nuestro descontento se ha vuelto ya glorioso poreste mes de mayo, y toda la desolación que pesaba sobre nuestras almas yace en el fuego verde y esplendente de la primavera. Estamos perdidos, átomos sin ojos de las entrañas de la selva,caminamos a tientas, nos arrastramos y saltamos ciegos, solo con nuestras antenas: no tenemos otra forma. Y de pronto va el tío y se topa con otro,más chico que él, que está plantao más alante y le dice: ¿Cómo ala Dieciocho con calle Sesenta y Siete? Bueno… tiene pinta de desquiciao, ya sabes, y veo que se ha puesto bien, pero bien,bien… aunque todavía se tiene derecho. Así que, como iba diciendo: estoy esperando que llegue mi tren cuando veo a ese tío grande como mayo ahí plantao, y me doy cuenta de que es la primera vez que le oteo. Somos los muertos, ¡ah! Tiempo ha que nos ahogamos, y ahora caminamos a tientas por los fondos marinos de un mundo sepultado.Somos los ahogados, nos arrastramos ciegos, caminamos atientas, sin ojos y chupamos sin preocuparnos por nada. Nos agazapamos en las entrañas de la selva y desde allí saltamos, mientras los cielos inmensos y húmedos se curvan sobre nosotros, desolados,y nuestra carne es gris. No habla mal del todo y anda sin tambalearse.

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Publicada en 1935, Only the Dead Know Brooklyn es una historia corta escrita con acento de Brooklyn. Como anda muy perdido, le pregunta a otra persona y esta acaba involucrando a una tercera persona (el narrador) e incluso a una cuarta en la conversación. La historia explica el encuentro entre un hombre grande y ostensiblemente borracho -aunque “No habla mal del todo y anda sin tambalearse”- que está buscando como llegar a Bensonhoist. Quizás eso no sea algo muy excepcional, pero hay que tener en cuenta que su autor, Thomas Wolfe, nació en Asheville (Carolina del Norte). El texto, que La Vanguardia presenta en exclusiva en castellano, es uno de los 46 inéditos en español que forman parte del recopilatorio Cuentos que acaba de publicar la editorial Páginas de Espuma.
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Y con las mismas va el tío y se saca el mapa del bolsillo y, perdóname, así como te lo digo: ¡que lo lleva ahí, no se lo ha inventao!… Un mapa grande como mayo de todo este puñetero sitio, con todos los caminos pintados. –Ah, pues… A ver la zona –dice el tío–. Tengo un mapa. –digo. –le pregunto: pensé que si me daba la dirección exacta podría echarle una mano. Me gusta ir a dar una vuelta por sitios con el nombre bonito, como ese. Y cuando subimos al tren, le digo:
–Iba usté a Bensonhoist, ¿no? Y se me ha ocurrido ir a echar un vistazo. –le digo–. Marcados, no sé si me entiendes… Canarsie, todo el este de Nueva York, Flatbush, Bensonhoist, Brooklyn sur, los Heights, Bay Ridge, Greenpernt… Todo el puñetero dibujo. No conozco a nadie de allí. –Ah –dice el tío–. –le digo. Me parecía que el tipo se estaba pasando de listo. –Ah –dice–. –¿Y cómo ha sabido que había un sitio que se llamaba así –le digo– si no ha ido nunca? Le digo la verdá. –¿Un mapa? No busco a nadie. –dice–. –¿Se está quedando conmigo? Me gusta salir a ver todo tipo de sitios. ¡Josús! –¿Entonces a qué va? ¿Qué número busca? Lo tiene todo pintao ahí, en el mapa. Tengo un mapa donde salen todos estos sitios… Lo llevo siempre que salgo. Y entonces le digo al tiarrón, que se había quedado allí parao to’l tiempo:
–Venga usté conmigo. Me gusta cómo suena… Bensonhoist, ya sabe. –No –dice–. –¡Pues claro! ¿Me está tomando el pelo, o qué?

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Está en Bensonhoist. Me ha pillao, jefe. –pregunta el tío, dirigiéndose a mí
–Pues claro –digo–. Coja usté el expreso de la Cuarta, se baja en la calle Cincuenta y Nueve, cambia al local de Sea Beach y baja en la Dieciocho con calle Sesenta y Tres; luego baja caminando cuatro manzanas y ya está. –Josús… –dice el pequeño–. Y ya está. ¿Cómo se va? Se baja en Noo Utrecht con la avenida Dieciséis –dice–. ¡Pero este tipo está loco! –dice el enterao, mira tú qué listo, mira–. Y camina dos manzanas… no algo más, cuatro manzanas. Voy a Bensonhoist, pero no he estao por allí en mi vida. No llevo aquí mucho tiempo. ¿Pero qué dices? ¿A algún sitio de Flatbush o por ahí? ¿Adónde va? –sale un enterao que no he visto en mi vida–. ¿Sabéis alguno dónde está eso? No lo he oído en mi vida. Yo le digo cómo ir –le dice al grandón–: Hace usté transbordo en la Treinta y Seis y coge la línea de West End –le explica–. –Josús… –dice el pequeño rascándose la cabeza, ya sabes: está claro que el canijo no tiene ni idea de cómo se va–. Pues ahí me ha pillao, jefe. –¡Gowan! –Nah –replica el grandón–.

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Y las dos veces fue en Coney Island. Ahogados…
¡Josús! –le digo. –¡Josús! –¿Y nada usté bien? A lo mejor ya se ha dao cuenta de que no vivirá lo suficiente para conocer todo Brooklyn. Una o dos brazadas na más. No, perderme no me pierdo. ¿Por qué es mejor no ir? Y una vez que has aprendido, ya no te tiés que preocupar de más. –Como un pez –le digo–. ¿Qué cuánto tardaría en ver un tío con un mapa todo lo que había que ver en Brooklyn? Los echaron, y luego uno de ellos quiso volver a entrar y el del bar sacó un bate de béisbol de debajo del mostrador y el tío se fue. ¿Qué habrá sido de él? –Buah, es fácil –digo–. A ver qué iba a hacer…
–¿Alguna vez ha visto ahogarse a un hombre? –dice–. Regresé por los campos al rato. Como no sea en una piscina… En Brooklyn no se puede ahogar uno. Y me lo repite:
–¿Sabe usté nadar? –digo. –No –dice–. He pensado en ese tipo lo menos mil veces desde entonces. –Ah, poca cosa –dice–. Y no se olvida. –¿Por qué? Yo ya había pensado que el tío estaba un poco p’allá. –Sí –dice–, pero yo tengo un mapa que me ayuda a encontrar el camino. Es algo que no se olvida en los días de tu vida. He estado en la mayoría. –me suelta de pronto, como el que no quiere la cosa. Solo los muertos conocen Brooklyn del todo. –dice–. –digo. –Pues claro –dice–. Si le digo cómo aprendí yo… Mi hermano mayor me tiró del embarcadero un día, tendría yo ocho años. Es un sitio al que no hay que ir. –Bueno, pues que es mejor no acercarse a ese sitio. –¿Perderme? Me metí en un par de sitios a tomar una copa. ¡Red Hook! Tenía en los ojos esa mirada de loco, que… no sabía qué podría hacerme. Tiene que ser en otro sitio. –No, no pasó gran cosa –dice–. Una vez iba andando por unos campos enormes donde no había casas, pero veía los barcos todos iluminados. Entonces me di cuenta de que estaba loco de atar. –¿Cuándo se ahogan dónde? Estuvo en Erie Basin. No hace falta más que un poco de confianza. Pobre diablo. ¿Qué hace uno con un tío tan tonto? Ya vi que no servía de nada decirle las cosas, no sabía de qué le hablaba. –¿Y no pasó nada mientras estuvo usté allí? Uno nunca conoce Brooklyn del todo. Hasta otra –le digo–. ‘Amos que cuando me acuerdo… Tengo que reírme. Se fueron muy lejos y ninguno sabía nadar. No tengo ni idea. –Claro –dice él–. En el océano, que hay agua. –le pregunto. –No sé qué quicir usté –le digo–. Un par de tipos se mamaron en un garito y empezaron a pegarse. «O nadas o te ahogas». –Bueno, jefe. Que se podría perder usté por allí. –Claro –digo–. –me dice. Ahogados. Ahí tuvo que ser. Así que a veces también ando por el campo, hasta donde los barcos. Pero me bajé a esperar al siguiente tren. –Claro –dice–. –¿Qué pasa con la gente cuando se ahogan aquí? Aprendí a nadar en el embarcadero, con los demás chavales. Yo llevo viviendo aquí toda mi vida y no conozco todo lo que hay que conocer, así que, ¿cómo quiere usté conocerlo entero, si ni siquiera vive aquí? Se ahogaron antes de que pudieran sacarlos. –Ahogados –dice el tío mirando el mapa–. ¡A Red Hook! ¡Que fue a Red Hook! Había bebido bastante, desde luego, pero la locura se le veía en los ojos. Fui a un par de sitios y me tomé una copa, pero la mayor parte del tiempo estuve caminando. –Claro –digo–. A cualquiera le llevaría toda la vida conocer Brooklyn de cabo a rabo. ¿Quépassa? ¡Qué guillao estaba! ¡Josús! Y ahora tómeselo con calma, ¿eh? Allí fue. –dice–. Soy como un pez en el agua. Estuve caminando un poco. –dice. –le digo–. No aprendí bien. –dice el tío. ¡Un mapa, dice! Con ropa y todo. –Aquí, en Brooklyn. –¡Jesús! ¿Y usté? Y no me gustaba. –digo–. Así que el tío me empieza a preguntar todo tipo de cosas, de las más locas: que cómo es de grande Brooklyn, que si yo no me pierdo cuando voy por ahí, que cuánto tarda uno en conocer la zona…
–¡Oiga! Qué mapa ni qué niño muerto…
–¿Sabe usté nadar? –¿Y qué haría usté si viera a un hombre que se está ahogando? Ya lo creo que nadas», dijo mi hermano. Anoche mismo fui a Red Hook. –Ah, pues… No sé cómo se llama el sitio, pero lo encontré en el mapa –dice–. –¿Que qué haría? Y créame que nadé, ya lo creo que nadé. ¡Josús! ¡Josús! Le habrán dao un golpe en la cabeza, o seguirá dando vueltas en el metro en plena noche con su mapa. –Eso –dice–. –le pregunto. Y ni aun así. ¿Eso se le ha ocurrido a usté solito, ahora mismo? No vaya por allí. –Tiene usté que alejarse de ese sitio –le digo–. Así que le dije:
–Nada, nada. –Claro –digo yo–. Ni por esas conoce uno Brooklyn del todo. –¿Por qué? ¿Y qué pintaba usté allí? Un tío que iba solo por Red Hook, andando, por la noche, mirando ese mapa… ¿Que cuánta gente había visto ahogarse en Brooklyn? –¿Y ha estao usté en todos esos sitios? ¡Josús! –¿Caminando y ya está? No he oído nunca que se haya ahogao nadie aquí en Brooklyn. Estábamos llegando a una estación, y no era mi parada. Ya sé dónde estuvo usté. –Ah, no mucho –dice–. Mirando las cosas… Ya sabe. Pues hombre, echarme al agua y sacarle – digo–. «Ya verás cómo nadas, ya. A dos tíos. –Ahogados –dice el tío mirando el mapa–. Vi algunos en el dique seco, todos iluminados, así que crucé por el campo y fui hasta allí. –Ni con mapa ni sin mapa va usté a conocer Brooklyn. ¡Josús! Ni en un centenar de años. Tengo un mapa. –digo yo–. –¿Y luego qué hizo? Cuando tiés que hacer algo, lo haces. No sé por qué me dio por ir con él a Bensonhoist solo porque al tío le gustó el nombre. –dice. –Pero ¿adónde fue? Tienen unas grúas y unos elevadores grandísimos… Y estaban cargando los barcos. Estaban cargando.

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La editorial Páginas de Espuma ha publicado una recopilación de textos del autor estadounidense, 43 de los cuales nunca se habían traducido al español

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