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Centenario de canastas

Liberal y moderna. Decía William Shakespeare que la memoria es el centinela del cerebro, que sin ella el ser humano pierde su mayor virtud, la de recordar y poder explicar el pasado. “He sido siempre muy feliz haciendo lo que más me gustaba, sin privilegios pero con todo lo que he necesitado”, concluye. Su rutina diaria es inamovible: un croissant, un café con leche y un plátano mientras lee La Vanguardia para estar al día de la actualidad —“¡a ver qué hace el Trump ese!”, espeta— en su noble salón lleno de detalles de orfebrería antigua. Con 13 años sintió el cosquilleo por el deporte que cuarenta años atrás había inventado James Naismith en Springfield. Encarna vibró con la medalla de plata de la selección femenina en Río: “He disfrutado mucho viendo a mis amigas, es un éxito grandísimo”. Hasta hace poco más de cuatro años todavía iba a jugar al parque de la Espanya Industrial, sorprendiendo a los jóvenes que posiblemente desconocían que tenían enfrente a una de las pioneras de nuestro baloncesto. “Los chicos, entre los que acabaría estando mi marido, me enseñaron a jugar. Más allá del baloncesto, su numerosa familia y su Kodak han sido sus dos grandes pasiones: “Yo siempre iba con mi cámara a todos lados haciendo fotos a lo que me gustaba. La Guerra Civil fue una etapa muy dura para Encarna, que estuvo tres años sin saber nada de su marido: “Cuando ahora veo en la televisión todo lo que pasa en el mundo me entran escalofríos”, afirma con la voz resquebrajada. Eso lo sabe a la perfección su amiga Laia Palau, la mejor base del baloncesto español: “Cuando la conoces te contagias de su espíritu de vida, es una máquina. Tenerla permite rescatar historias, conocer los orígenes y personificar a aquellos que normalmente caen en el olvido. A pesar de los sectores conservadores contrarios a que las mujeres jugasen a baloncesto, Encarna explica que siempre había mucho ambiente: “La gente venía a vernos y nos animaba mucho”. Encarna Hernández (23/I/1917, Lorca), pionera del baloncesto femenino en España –primera entrenadora nacional con título y jugadora del Barcelona en los 40– cumple hoy cien años con la misma vitalidad que aquella niña de diez años que cambió su ciudad natal por Barcelona, ya que su padre vino a trabajar para la Exposición Universal de 1929. Las actas que aún guarda reflejan su capacidad anotadora, con registros por encima de los 15 puntos por partido. “No se lo copié a nadie, fue pura intuición”, confiesa convencida. Quizás sea ese el mejor resumen de la personalidad de Encarna, enamorada de la juventud y con esa humanidad que por momentos parece haber desaparecido en la actual sociedad. Cien años dedicados al baloncesto, un ejemplo de vitalidad. Risueña, tremendamente lúcida, avispada. Destaca un Soberano que tiene más de sesenta años. Rememora partidos épicos en Les Corts: “La verdad es que jugar allí fue especial, el club de la ciudad, siempre llenábamos… ¡y un día jugamos tres prórrogas!”. “No era la más alta, pero usaba la cabeza y buscaba recursos originales”, cuenta Encarna, capaz de citar nombres y apellidos de todas sus compañeras en las ilustres fotografías sin leyenda. La gente se creía que era reportera… y no me hubiera importado”, añade. Como ella mismo afirma, sólo le han faltado dos cosas en la vida: ser abuela e ir a la universidad. No se necesitaba técnica, sobre todo echarle coraje y corazón”, relata. Tenía 36 años y decidió que había que colgar las botas. Siempre me dice que como jugadora soy un calco de lo que era ella”, reconoce entre risas. Pero el propio dictador le negó la posibilidad de irse al SEU italiano, del que tenía una oferta. Sin el pasado no se entiende el presente ni se puede vislumbrar el futuro. ¿Se inspiraría Kareem Abdul-Jabbar años después en ella? Años atrás, con la llegada de Franco, fue escogida para dirigir la Sección Femenina de la Falange, convirtiéndose en la primera entrenadora nacional de la historia –así lo acredita un documento que conserva intacto entre una retahíla de medallas y reconocimientos que forman parte de la historia del baloncesto español–. El Atlas y el Layetano fueron sus primeros clubs, pasando por el Cottet, el Fabra o el Moix Llambés hasta que en 1944 recibió la oferta del Barcelona, donde estuvo nueve años hasta el nacimiento de su hijo. La niña del gancho, el nombre del documental que ha permitido conocer su historia, hace honor a su especialidad, ese tiro elegante de tan difícil ejecución.